Por Ricardo Gálvez del Bosque
En la política peruana ha nacido un nuevo deporte olímpico: el deslinde grabado en vertical.
La congresista Norma Yarrow prende la cámara del celular, acomoda el ángulo, ensaya el gesto serio y anuncia que está en contra de lo que hace su compañera de lista, la congresista Jáuregui de Aguayo. Que no comparte. Que le indigna.
Corte. Subido a redes.
Y listo: indignación con buena luz.
Porque en política hay una regla básica: si algo te indigna de verdad, haces algo. Renuncias. Exiges la salida. Rompes. No sigues felizmente en la misma lista como quien se queja del chofer… pero igual se queda en el carro porque ya pagó el pasaje.
Pero aquí el método es otro: quejarse sin moverse.
Ahora, el fondo.
Durante años, la congresista Jáuregui ha votado contra la educación sexual integral en un país donde el embarazo infantil producto de violación no es debate ideológico: es tragedia cotidiana. Reducir herramientas preventivas tiene consecuencias reales.
Y, al mismo tiempo, su organización acogía a niñas violadas embarazadas, difundiendo imágenes de menores en extrema vulnerabilidad como parte de su narrativa pública. Publicado por la propia institución. Sin sonrojo.
Es difícil no notar la ironía: se debilita la prevención y luego se administra la consecuencia. Política pública por un lado, gestión del drama por el otro. Casi una integración vertical… pero moral.
Y frente a eso, el deslinde de celular.
“Estoy en contra”, dicen. Pero siguen en la lista. No promueven salida. No asumen costo. No hacen nada.
En campaña, cuando están pidiendo el voto, la coherencia debería ser el mínimo indispensable. Si ni siquiera ahí pueden sostenerla, ¿qué podemos esperar cuando tengan más poder y menos necesidad de convencernos?
La política peruana parece convencida de que todo se arregla con un video breve y un tono indignado.
Pero la indignación sin acción es puro acting.
Las palabras pesan.
Las decisiones pesan más.
Lo demás es guión.




