La cuarta derrota de la necedad

Jun 5, 2026 | ◉ Puntos de Vista

Por Ricardo Gálvez del Bosque

Hay una pregunta que me viene rondando la cabeza mientras observo los últimos días de esta campaña electoral: ¿Cómo es posible que alguien esté a punto de perder una cuarta segunda vuelta presidencial cometiendo exactamente los mismos errores que la llevaron a perder las tres anteriores?

La política no es una ciencia exacta. Los resultados electorales dependen de múltiples variables. Siempre existe incertidumbre. Siempre hay factores que escapan al control de los candidatos. Pero hay algo que sí sabemos: Si para ganar necesitas el 50% más uno de los votos, no basta con convencer a quienes ya piensan como tú. Necesitas conquistar a quienes no piensan como tú.

Parece una obviedad. Sin embargo, en el Perú se ha convertido en una lección imposible de aprender. Durante semanas hemos visto una campaña que, en lugar de buscar ampliar adhesiones, ha optado por reforzar convicciones propias. En lugar de acercarse al votante mediano, ha decidido hablarle al votante cautivo. En lugar de construir puentes, ha preferido reafirmar trincheras.

Y eso resulta especialmente llamativo cuando hablamos de una candidata que ya perdió dos segundas vueltas por menos de 50 mil votos cada una. ¡Menos de 50 mil votos! En un país de millones de electores.

Cualquier estratega político razonable concluiría que la prioridad debería ser captar a ese pequeño segmento que decidió la elección anterior. El famoso votante esquivo. El elector indeciso. El ciudadano que duda. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.

Pareciera que el objetivo fue demostrarle a ese votante todas las razones por las cuales desconfiaba desde un inicio. Como si alguien hubiera diseñado una campaña específicamente para enviarlo, directo y sin escalas, a los brazos del adversario.

Lo más curioso es que este comportamiento no proviene de aficionados. Alrededor de esta candidatura existen empresarios exitosos, ejecutivos de primer nivel, personas que administran compañías complejas, que toman decisiones estratégicas todos los días y que, en teoría, entienden perfectamente cómo funcionan los incentivos y los mercados.

Por eso, inevitablemente, surgen preguntas que se caen de maduras: ¿Acaso manejan sus empresas de la misma manera? ¿Persisten durante años en estrategias que les generan pérdidas? ¿Ignoran sistemáticamente la evidencia disponible? ¿Desprecian la información que contradice sus creencias? ¿Lanzan productos pensando únicamente en lo que les gusta a ellos mismos en lugar de escuchar a los consumidores?

La respuesta parece evidente: No. Ninguna empresa seria sobrevive actuando de esa manera (salvo en un sistema mercantilista puro y duro, pero esa ya es otra discusión).

Cuando una estrategia fracasa, se corrige. Cuando un producto no conecta con el mercado, se modifica. Cuando un cliente expresa rechazo, se intenta entender por qué.

Pero algunas campañas parecen convertirse en cámaras de eco donde la única opinión válida es la propia. Y allí aparece un fenómeno particularmente peligroso: la soberbia.

Toda campaña electoral es, en esencia, un ejercicio de seducción política. Durante estas semanas los candidatos recorren mercados, abrazan desconocidos, escuchan problemas que antes ignoraban y prometen atender preocupaciones que quizás nunca habían considerado. Los políticos buscan enamorar al electorado. A veces de manera genuina, muchas veces fingiendo. Pero lo hacen porque entienden que necesitan convencer. Por eso resulta tan preocupante cuando ni siquiera en esa etapa aparece la humildad.

Si un candidato muestra soberbia cuando todavía necesita tu voto, ¿qué podemos esperar cuando ya tenga el poder? Si desprecia al elector cuando aún depende de él, ¿qué actitud tendrá cuando deje de necesitarlo?

Quizás ahí se encuentra la verdadera lección de esta campaña: No estamos observando simplemente un error estratégico, estamos observando una forma de entender la política.

Por eso, si finalmente esta campaña termina en una cuarta derrota, será difícil encontrar responsables fuera del propio comando. No será culpa de la prensa, ni de las encuestadoras, ni del adversario, ni mucho menos de los indecisos. Será, fundamentalmente, consecuencia de sus propias decisiones. De la incapacidad de escuchar, de la resistencia a corregir errores, de la obsesión por hablarle a quienes ya estaban convencidos.

Y si eventualmente terminan ganando por un margen mínimo, la conclusión tampoco cambiará demasiado. No habrán ganado gracias a esa estrategia. Habrán ganado a pesar de ella.

Porque hay derrotas que llegan por falta de votos. Pero también existen derrotas intelectuales. Y pocas son tan costosas como negarse a aprender después de tres intentos.

 

Imagen creada con IA.

Autor

  • Es Administrador de la Universidad de Lima y Magíster en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la PUCP. Ha trabajado en empresas del Sector Financiero, Seguros y Venta Directa en las áreas de Marketing, Planeamiento Comercial y Compras. Realizó su Tesis de Maestría investigando el comportamiento de los parlamentarios ante las reformas de financiamiento político.

    “Punto Medio” es el espacio donde vierte sus opiniones, comparte su análisis político y nos da a conocer sus puntos de vista y conocimientos sobre esta pasión que siempre lo acompañó desde joven.

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