Hay una pregunta que nadie quiere hacer en voz alta, pero que muchos tenemos en la cabeza:
“Ya… ¿y entonces por quién voto para presidente?”
Lamento decirles que no es necesariamente por quien queremos ni por quien creemos que debería ganar.
«¿Entonces?»
¿Hoy por hoy? Por quién sí puede pasar.
Así de simple. Así de incómodo.
A estas alturas, votar por tu candidato ideal – si no está en carrera real – no es un acto de convicción. Es un lujo. Y no creo que estemos para lujos, ¿o sí?
Mira el tablero como es, no como te gustaría que sea. Hay candidaturas que crecen, hay candidaturas que caen. Hay candidaturas que ya tocaron techo. Mira las tendencias. Fíjate qué pasa con ciertas tendencias cuando se aceleran en la recta final, sé frío matemáticamente al analizar. Y acuérdate: La política no suele premiar al mejor. Pero sí premia al que llega.
Sabiendo eso, si tienes claro qué escenario quieres evitar (y seamos honestos, la mayoría lo tiene), la decisión no pasa por elegir al “perfecto”. Pasa por elegir al viable. Al que, con lo que hay hoy, tiene opción real de meterse en la pelea final.
“Pero no me gusta”.
Perfecto. De acuerdo contigo. Bienvenido a la adultez política. Porque lo contrario – votar por alguien que no despega con este sistema electoral, solo para sentirte coherente – no cambia el resultado. Pero sí te puede hacer parte del problema.
Porque mientras tú te das el gusto de votar “tranquilo”, otros votan organizados, disciplinados, estratégicos. Y normalmente, esos no son los que tú consideras “buenos”. Y ganan.
Así que, si quieres una respuesta concreta para el 12 de abril, aquí va: Mira las últimas tendencias. Descarta a los que no tienen cómo pasar. Y vota por el que sí puede meterse a la segunda vuelta dentro del espacio que tú consideras aceptable.
No es épico. No es inspirador. No es lo que soñabas. Pero es lo que sirve.
Y sí, fastidia. Siéntelo. Permítete sentirlo. Porque ese fastidio es el precio de haber mirado al costado cuando el sistema se fue deformando. Es el costo de llegar tarde a la política. Pero también puede ser el punto de quiebre.
Si después del voto vuelves a lo mismo – a la indiferencia, al “que se arregle solo”- entonces en cinco años estarás exactamente en el mismo lugar… haciéndote exactamente la misma pregunta.
Esta elección no se trata de encontrar al mejor. Se trata de evitar el peor escenario posible. Y para eso, por una vez, hay que votar como se juegan las finales: con la cabeza, no con el corazón.




