Entre cojudignos y fraudistas

Feb 20, 2022 | ◉ Puntos de Vista

En el Perú, la polarización política escaló a niveles desproporcionados desde los resultados de la primera vuelta de las Elecciones del 2021. En ella, pasaron a segunda vuelta dos candidatos extremistas que representaban los peores miedos de la mayoría: una “izquierda” criolla, improvisada, conservadora, populista y revanchista enfrentándose a la peor representante de la política rancia de la derecha populista, mercantilista y corrupta. Cada quien tuvo que realizar un análisis interno para poder determinar cuál era la mejor opción para el país, o para su propia familia. Una decisión nefasta que terminó por enfrentar a unos y otros en círculos familiares y amicales, llevándonos a peleas que aún no han llegado a su fin.

Hoy, estamos en una profunda crisis gubernamental y necesitamos unirnos para encontrar una salida. El enfrentamiento del que muchos han sido parte, si bien es importante, es algo que tenemos que dejar de lado para poder salir de la crisis en la que estamos sumergidos todos. Si nosotros mismos seguimos en pleitos ridículos, ¿cómo podemos esperar que la clase política actúe con madurez ante esta situación? ¿Estas peleas nos van a llevar a algún lado?

En la campaña electoral muchos se expresaron de manera autoritaria como fruto de los grandes miedos que los atormentaban. No era para poco. Sentir que el fujimorismo estaba por llegar al poder para corromper y robar todo lo que le faltó durante los 90, o sentir el terror de que todo lo que habrías avanzado económica y socialmente se te pueda arrebatar de un momento a otro, no eran moco de pavo.

Estos temas son importantes, vitales. Y el terror movió a la gente. Así se enfrentaron padres e hijos, hermanos, amigos, primos, compañeros de trabajo. Unos eran tildados de privilegiados, corruptos, mientras otros eran señalados como terrucos y resentidos. La artillería fue pesada, y muchas relaciones se rompieron. Cada uno se sentía dueño de la verdad, y no podía ponerse en los zapatos del otro. El pensamiento crítico pasó al olvido, y las pulsiones más básicas e irracionales dominaron el debate político. O estás conmigo, o estás contra mí, esa parecía ser la consigna.

Tras los resultados, la situación no mejoró. Aparecieron los fraudistas que – ante el temor de enfrentar una realidad – quisieron creer (y hacer creer) que hubo un fraude electoral “por una cuestión de fe” (es decir, sin prueba alguna). También surgieron los dedos levantados hacia los llamados “cojudignos”, aquellos a los que se les responsabilizaba por todas las malas decisiones de Castillo, señalándolos de ser culpables de que éste haya salido electo gracias a sus consignas -“por dignidad, Fujimori nunca más” – y sus “odios”. El problema que empezábamos a vivir dejó de ser importante, lo fundamental era determinar quién tenía la culpa de qué.

Suficiente, ¿no? Hemos llegado a niveles infantiles y ridículos. Hay cólera y ojos con sangre en ambos lados. Hay ganas de señalar a los moralistas (¿por qué decían que “por dignidad” una opción “nunca más” podía llegar al poder? ¿es que aquellos que tomaban una decisión contraria – con asco, en algunos casos ante una situación nefasta como la segunda vuelta – eran “indignos” o “inferiores moralmente”?), así como también a los fraudistas que creyeron que todo lo podían comprar (hasta los votos). Sin embargo, estas rencillas deben de pasar a otro plano.

¿Qué necesitamos? Unidad. En estos momentos hay un bien común: salir de esta crisis en democracia y siguiendo los procedimientos constitucionales escrupulosamente. Para llegar a soluciones con dichas características, es necesario lograr consenso político. Si entre nosotros seguimos en peleítas ridículas, y no logramos el consenso necesario para unirnos y gritar un “¡Basta ya!” contundente, ¿cómo pretendemos que nuestra clase política – tan venida a menos – tenga la grandeza de poner por delante al país antes que sus propios intereses?

Reflexionemos. O nos unimos o nos hundimos.

 

Photo by July Brenda Gonzales Callapaza on Unsplash

 

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