¿Cómo llegamos a esto?

Ene 22, 2023 | ◉ Puntos de Vista

Por Ricardo Gálvez del Bosque

Pensar en la gota que derramó el vaso suele ser mucho más simple que tratar de entender cómo hemos llegado a este punto, a este nivel de crisis. Para llegar a esta situación se ha necesitado de la colaboración activa y consistente de diferentes actores políticos.

Quizás, el punto de no retorno fueron las elecciones del 2016, cuando dos políticos de derecha pasaron a segunda vuelta. Gracias al fuerte voto fujimorista en regiones, el partido de Keiko Fujimori logró tener una representación mayoritaria extraordinaria en el Congreso. Sin embargo, quien alcanzó la Presidencia fue su contendor, PPK.

Cuando el respeto mínimo que requiere la democracia se vio destruido al no aceptarse los resultados electorales, la grieta que se generó sobre la precariedad institucional del país fue contundente. Bajo esa dinámica, la estrategia política fue mucho más agresiva que de costumbre, y los botones nucleares se empezaron a presionar como si fueran teclas de consolas de videojuego.

Vacancias, disoluciones, y mutua destrucción se volvieron parte del panorama regular. Fujimori llegó a ser más detestada que en el pasado gracias a su matonería y obstruccionismo, gracias a su estrategia de “no me importa si se perjudican 10 mil o 100 mil”. Por otro lado, los políticos de todas las ideologías y partidos se veían manchados por denuncias de corrupción en el caso Lava Jato. El desprestigio era generalizado.

Mientras estas dos derechas se enfrascaban en una lucha autodestructiva, pisoteando de paso la Constitución que decían defender, la izquierda se fue preparando para construir una narrativa que los ponga en el poder en las siguientes elecciones. De paso, una pandemia impredecible desnudó nuestra precariedad y se llevó la vida de más de 200,000 peruanos. Aumento de pobreza, resentimiento, situaciones devastadoras destrozaron los ánimos de muchos compatriotas y demostraron cuán fallido era nuestro sistema.

 

Elecciones 2021

Por una serie de eventos desafortunados (como suelen tener nuestras elecciones), un candidato desconocido de una organización de izquierda tuvo la suerte de enfrentarse en segunda vuelta a una Keiko Fujimori repudiada. Castillo no tenía que hacer mucho para ganar, solo tenía que evitar cometer errores garrafales. Es decir, no hablar mucho porque por la boca muere el pez.

Luego de que Castillo ganó las elecciones gracias al voto mayoritario de determinadas regiones golpeadas por la desigualdad económica, la derecha fue responsable de la revictimización de la izquierda y de nutrir la narrativa que ésta había construido durante años. Procesos legales ilógicos para eliminar votos, marchas racistas y clasistas, comentarios desubicados, cucos comunistas, terruqueo, menosprecio por el voto del interior del país llovieron por doquier.

Habría que ser obtuso y ciego para no darse cuenta de que esto traería alguna consecuencia. ¿O es que creyeron que podían despreciar la elección de personas menos privilegiadas sin generar algún tipo de resentimiento? Las formas déspotas y desubicadas, lógicamente, robustecieron el relato que los radicales de izquierda iban a explotar. Y así lo hicieron.

Mientras el Congreso y la oposición hacían el ridículo y no fiscalizaban la corrupción del Gobierno, ni ofrecían salidas inteligentes y alturadas a la ineptitud y delincuencia del régimen de Castillo; el Gobierno se dedicó a exacerbar los ánimos contra una élite limeña que los aplastaba (“como los aplasta a ustedes, hermanos”). Se publicitó desde el poder la idea de “ríos de sangre”, se utilizó la imagen de provinciano inocentón del Presidente para generar empatía e identificación, se usó la mentira descarada para justificar robos evidentes, se usó la victimización para generar repudio hacia el enemigo político.

Paisanos, amigos, aliados recibieron sueldos suculentos en provincias al ser nombrados prefectos y sub prefectos. El aparato estatal se copó como botín. “Total, es nuestro turno”, decían. Les tocaba, pues.

 

El suicidio de Castillo

Luego, pasó lo impensable. Gracias a su increíble incapacidad mental, Pedro Castillo decidió cometer un delito en televisión nacional, en vivo y en directo. Uno de los peores atentados contra la democracia, televisado para que todo el Perú lo vea. Lógicamente, la democracia se defendió ante dicho atentado, y hoy el señor está detenido.

Sin embargo, quienes lo tuvieron que frenar fueron aquellos que se burlaron desde el día uno del voto de los simpatizantes de Castillo. Torpemente, ante su caída, se tomaron fotos y festejaron. Auparon a la nueva Presidenta, dando a entender cierta complicidad que sería difícilmente perdonada por aquellos que se sintieron insultados por esa facción política.

Ahí, la chispa se encendió. Décadas de ninguneo, desigualdad, trato de segunda, desprecio, hicieron que mucha gente ardiera en cólera. Y ya cuando uno tiene esos sentimientos, la parte racional no suele ser la más relevante.

Explotó una furia que sería aprovechada por la izquierda radical para que ésta ayude a imponer su agenda política como supuesta solución al problema. Muchos líderes de ese espacio, sabiendo que los reclamos que ponen sobre el tapete son maximalistas (y algunos inconstitucionales), usaron este momento para agudizar el conflicto y las contradicciones. Y la derecha, siguió respondiendo con torpeza y menosprecio hacia el reclamo popular, echándole más leña al fuego.

 

Problemas estructurales

Si a esta combinación de hechos acontecidos en los últimos 7 años, le sumamos los problemas estructurales del país, tenemos la combinación perfecta para un estallido sin precedentes.

Brechas de desigualdad escandalosas a las que no se les presta atención, ausencia del Estado en los servicios mínimos, centralismo que hace que muchos peruanos del interior sientan que son ciudadanos de segunda categoría, corrupción que hace metástasis en el aparato estatal, desconocimiento y falta de empatía hacia la realidad del otro, sub representación, pobreza y precariedad económica. Esos son algunos de nuestros grandes problemas que hemos decidido no mirar ni atender durante décadas.

Añádanle la crisis del sistema político, y la situación se vuelve caótica. Y es que, lamentablemente, en el Perú han dejado de existir los partidos políticos para llegar a convertirse en membretes electorales con inscripción legal que sirven como vehículo para que un caudillo llegue al poder. Luego de eso, son tan solo un cascarón que se mueve de acuerdo a sus intereses de corto y mediano plazo.

 

Hacia dónde vamos

Difícil predecirlo. Todo se puede agravar. ¡Vamos! ¡Hemos juntado todos los ingredientes para construir un arma explosiva que arrase con todo! Paso a paso, día a día, hemos ido sembrando lo que hoy parece que vamos a cosechar.

Sin líderes políticos, sin organizaciones políticas que realmente representen a las personas, será difícil encontrar a interlocutores válidos para solucionar esta crisis.

Quizás, un primer paso que debiera darse sería el mea culpa de todos los actores políticos responsables de aportar gasolina a esta fogata. Esto no surgió de la noche a la mañana, o ha sido fruto de solo un hecho fortuito. Sin embargo, da la impresión de que la ceguera los ha capturado, y por lo menos en el Congreso no parece que existan ánimos de reflexión.

Lo mínimo que se necesita es contar con actores políticos responsables que trabajen en conjunto hacia una salida política. ¿Existen?

 

Imagen: Tomada de https://www.defensoria.gob.pe/mapa-de-conflictos-sociales/

Artículo escrito por:

  • Ricardo Gálvez

    Es Administrador de la Universidad de Lima y Magíster en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la PUCP. Ha trabajado en empresas del Sector Financiero, Seguros y Venta Directa en las áreas de Marketing, Planeamiento Comercial y Compras. Realizó su Tesis de Maestría investigando el comportamiento de los parlamentarios ante las reformas de financiamiento político. “Punto Medio” es el espacio donde vierte sus opiniones, comparte su análisis político y nos da a conocer sus puntos de vista y conocimientos sobre esta pasión que siempre lo acompañó desde joven.

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