El vacío

Oct 20, 2022 | ❖ Punto de Inflexión

Por Jean Pierre Botto Vásquez de Velasco*

Hacía tres meses que no venía a Lima. Fue la cagada ver la cara de estupefacto de la gente al verme. Simplemente no podían creerlo. Estamos tan malacostumbrados a la decadencia, a hacernos mierda física, emocional y mentalmente con la excusa del trabajo que los entendía. Uno pasa los treinta y cinco y es como si una combi Orión te haya atropellado. Llenos de estrés, engordamos, nos cuesta dormir, nos cuesta estar en paz. Y antes al menos ganábamos bien, nos dábamos gustos, pero ahora la cosa está jodida.

Pero nunca tan mal como para tirarme al abandono de esa manera. La vida no es perfecta, pero teniendo constancia y conexión con mi cuerpo, se vive muchísimo mejor.

Tres meses sin pisar Lima la gris y era un chiste ver la cara de toda la gente de la chamba. Unos pensaban que me había hecho una reducción de estómago, otros que me habían clonado, unos incluso pensaban que había encontrado un chamán del norte y había vendido mi alma a algún espíritu chocarreros.

Pero la verdad es que me sentía solo. Y ya la vaina era insostenible. Había sacado mi maestría, estaba ganando bien. Claro que tenía estrés con las metas del trabajo y en la casa con mi mujer criando a mi chibolo. Pero era algo más profundo. No estaba acostumbrado a hablar de mí.

             Me sentía solo y vacío.

Y lo peor no era eso, tal vez nunca me lo hubiese preguntado, ni siquiera pensado. Pero ya la gastritis me estaba matando por dentro. Dormía apenas cuatro horas siendo optimistas. Me había subido ocho o diez kilos. Estaba hinchado, sin energía, sin motivación. Sólo me recetaron rivotril para el ánimo y un nutricionista me dio una dieta que cumplí solo una semana.

No quería pedir ayuda. Veía muchos vídeos de motivación y crecimiento personal, pero no hacía ese click que me impulsara a cambiar. Aunque ya tenía muy claro que o cambiaba o estaba adelantando mi pasaje de vuelta al más allá.

No sé cómo se me ocurrió escribirle a Pablo, mi amigo del cole. Sé que había hecho un gran cambio en su vida. Dejó su puestazo de gerente comercial en esa trasnacional porque estaba pasando una situación parecida a la mía. Lo llamé: –Te sientes solo – me dijo – incluso solo de ti mismo. O sea, te has abandonado -. Me fregó en una el tipo. Así era, dio en el clavo.

Continuó diciendo:

             La mayoría de personas nos sentimos solos. Da igual si tenemos mucho o si tenemos poco. O de si estamos rodeados de gente. Hay momentos de soledad. Es inevitable. El problema es cuando esta sensación perdura. Pues siempre habrá circunstancias en donde personas que queremos se irán de nuestras vidas. Viajes, falta de tiempo, rupturas o muerte.

Pero cuando el sentirte solo empieza a generar una sensación de profundo vacío, ahí te está sucediendo algo: Ya no es que te sientas solo por algo externo. Muchas veces empiezas a sentirte solo incluso de ti mismo. Porque te has tirado al abandono. Esas ganas, motivación y energía con la que vivías están dejando paso a un vacío creciente

La buena noticia es que existe un antídoto al vacío. Y aunque fácil de decir es súper complejo de practicar y es la Conexión contigo mismo. Volver a ti. Pero no a esto que ahora eres, en lo que te has convertido. Sino en volver a recuperarte. A recrearte. A devolverte a la vida.

Y eso sólo lo puedes lograr tú. Dedica tiempo al silencio, quietud y reflexión. A volver a ti. A tu cuerpo y a tu mente.”

Fue bien crudo, pero brutalmente honesto. Había inteligencia en sus palabras y además mucha practicidad.

Y aunque fui al psicólogo un par de veces, fue hablar con mi broder lo que me ayudaba bastante. Me sentía escuchado, es difícil explicar lo que se siente cuando alguien en verdad te escucha. Sin reaccionar, sin juzgar. Simplemente atento a escuchar mi historia.

Poco a poco profundicé en lo que viví de niño, la relación con mis papás, con mis abuelos. Lo que me pasó de chibolo y el bullying que me hicieron. Entre otras cosas me hice una armadura de hierro para no mostrarme vulnerable. Todo eso me hizo tener ese éxito al que estamos acostumbrados en el Perú, pero a costa de mí mismo y mi salud.

Pues de pronto ya encontré el valor de salir a caminar primero. Luego de coger alguna pesa, unas planchitas. También fui al Yoga a estirarme y relajar. Seguí caminando. Seguí entrenando con pesas. Seguí haciendo planchas y sentadillas. Día sí y día también. Poco a poco me cuidaba más de no comer basura. De chupar menos. De descansar más y mejor.

Felizmente tuve la oportunidad de tomarme dos meses de baja y uno de vacaciones en total tres meses. Hice un par de viajes, uno a la selva de Moyobamba, al Alto Mayo y otro al Valle Sagrado de Cusco a ver a mi amigo del que les hablo. Aprendí a darle la cara al Sol. A reconocer en qué fase de la luna estamos. A bañarme con agua fría. A ser más austero y más bien sobrio.

Cuando me di cuenta, había bajado seis de los ocho kilos. Estaba menos hinchado, con más ánimo, más ganas y motivación. Decidí hacer más profundo el cambio y me inscribí con un entrenador al gym y a delegar más en el trabajo. Hasta con mi mujer todo empezó a ir no de color de rosas pero sí estaba menos reactivo y ya ni qué decir de mis hijos.

Me di cuenta que a mis cuarentaidós años, aún tengo bastante tiempo por delante. Eso me emociona. No renunciaré ni haré esas cojudeces que hacen los hippies. Pero definitivamente mi cuerpo está sano y lleno de energía. Mis emociones son más estables y con más pasión y mi mente es consciente, inteligente y enfocada, todo me está yendo mejor.

*Sobre el autor:

“Luego de estudiar publicidad y de trabajar en el BBVA, renuncié a una vida segura y me inicié en un viaje interior. Recorriendo comunidades alternativas en el Perú y varios países de Latinoamérica, fundé el proyecto Lima Compost además de guiar espiritualmente personas a través del Yoga, el entrenamiento natural y la meditación. Llevé mi trabajo a Costa Rica y Alicante, España, donde vivo actualmente.”

Foto de KAL VISUALS en Unsplash

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